

Latinos que sobrevivimos a los blocus de Lovaina. Un poco de recuerdos, risas y amistad para los nuevos rumbos...

| Dicen que ese mismo verano de 1996 un conocido hombre de origen marroquí había enamorado a dos latinas, cuyas nacionalidades ya poco importan para la leyenda. Tal héroe de Sherazada, pudo vivir su doble romance no mil noches pero si poco menos de cien. Hasta que un buen día lluvioso de fin de seconde sess, saliendo de la gare, fue sorprendido en la Place de l’Université por las dos mujeres armadas de carteras, tacones y dispuestas a perseguirlo por todas las direcciones posibles: Grande-Rue, rue des Wallons, rue de la Gare. Contaron muchos años después que si bien la historia había sido olvidada en el pequeño pueblo de Lovaina, todavía se hablaba de ella en las calles capitalinas de Schaerbeek. Nadia |
A pedido, desempolvo algo que todos ya conocen. Lo habrán recibido por mail alguna vez, o habrán oído comentarios, pero no importa, he aquí de nuevo.Por eso les propongo titular esta sección: Leyendas Urbanas. En ella, los invito a compartir aquellas anécdotas que son vox populi pero de las que ya no sabemos que es verdad y que es exageración. Y para mejor ilustración, empiezo yo:
Dicen que durante el verano del 96, el Diego Ruiz andaba de capa caída por tener 9 materias para la segunda session. Para colmo, estaba enojado con Dieter por que éste buscaba todas las maneras posibles para poder tener una segunda session ya que sólo había sacado una distinction y quería presentar exámenes ya aprobados (cosa que en los anales de la U, no se había visto). Pero nadie contaba con que el destino se pondría tan vergonzosamente de parte de Diego ya que no solo logró aprovar el año si no que uno de esos 9 exámenes lo aprobó sin estudiar. Al tratarse de un oral, fue desde la mañana a recoger y sistematizar lo que los estudiantes de turno respondían y al tocarle el turno, cayó sobre una de las preguntas que ya había salido... Fue así como el Ruiz desafió y venció al destino. ¡Salud por eso!
Caminamos eternamente por esas calles. En ellas nos conocimos. ¿Qué nos unió? Que recorrimos todos muchos años las mismas calles. De día, de noche, de madrugada. Con sol, lluvia o nieve. Solos, en pareja o en medio de un grupo. Los fines de semana cuando la ciudad era nosotros y los días de clase cuando desaparecíamos entre todos los rubios. En los enormes auditorios fuimos anónimos, cada uno un pequeño recuerdo de su país, un proyecto de algo, de muchos sueños incipientes. Nos cruzábamos en las bibliotecas una tarde cualquiera, estudiábamos juntos en los interminables días de blocus. Nos visitábamos en nuestros kots que convertimos poco a poco en nuestro hogar. Ahí aprendimos a cocinar, a convivir, a hacer plannings de estudio, a improvisar camas para amigos borrachos y amigas con el corazón herido. En las noches creamos mundos paralelos que de hecho muchos aún ignoramos. Pasaron cosas divertidas, inesperadas, secretas e inolvidables. Lo más divertido es que aprendimos todos a bailar y a tomar. Las fiestas hubieran podido durar más de una noche, si no hubiera sido por los responsables que madrugaban a estudiar, las parejas que no compatibilizaban en temas nocturnos y los borrachos que se tomaban a pecho eso de “les hommes savent pourquoi”. En todo caso, bailando rompimos barreras, nos roseamos, nos tocamos, nos abrazamos. También en las noches amamos. Con la energía del despertar a la vida, con la fuerza de la lejanía y la soledad. Amamos una noche, tres meses, cinco años. Amamos para casarnos o para dejarnos, en todo caso amamos para nunca olvidarnos. Nos conocimos en esas calles porque hablábamos el mismo idioma. De manera diferente pero nunca lo suficiente para no romper con todas las fronteras. Cuando nos reuníamos viajábamos juntos por todo Latinoamérica. Nos fuimos apropiando de los acentos vecinos y compartimos nuestros mundos hasta que se fueron convirtiendo en uno solo. El de los latinos de Lovaina. El que sólo entendemos nosotros cuando nos volvemos a encontrar, cuando nos abrazamos, cuando recordamos y reímos. LLN fue una burbuja que llegó a sofocarnos pero que nos costó dejar. Quizás porque en ella éramos simplemente y solamente nosotros mismos. Pudimos no conocernos cada uno lo suficiente, no ser todos los mejores amigos de todos, pero poco a poco nos vimos construir lo que somos, nos acompañamos mientras crecimos. Hoy, muchos años después en la distancia, no dejamos de acompañarnos. Justamente porque recorrimos todos eternamente esas mismas calles.Nadia.