Corría el año 2000, si no recuerdo mal. Lo que sí recuerdo, sin ninguna sombra de duda, es que sucedió en la madrugada de un jueves. En aquel entonces, ustedes recordarán sin duda que los chicos teníamos por costumbre buscar una excusa para que la familia Mercado se desahogase de sus tensiones semanales. Para ser más claros: todos los jueves, los chicos íbamos a jugar a futbol. En esas reuniones los Mercado dejaban de ser los Mercado y se convertían en los Duarte, como Pascual. Yo siempre pensé que ellos iban a jugar a futbol más por teerapia que por deporte, pero esa es otra historia.
El caso es que a mitad de curso, más o menos, Heinke, Sebas y yo mismo llegamos a una Entente Cordial con nuestras parejas (supongo que la idea partió de la China). Como teníamos por costumbre bebernos una piscina de cervezas tras el partido y llegar a casa a las tantas, el jueves se quedó consagrado al ludismo y la festividad individual, pasando a denominarse "jueves de chicos". Las chicas intentaron hacer algo parecido pero no contaban con el nudo gordiano de la constancia del futbol, así que creo que solamente tuvieron un "jueves de chicas" si mi memoria no me falla.
El caso es que lo que solíamos hacer, tras jugar el partido y bebernos unas cuantas cervezas, era cambiarnos de ropa e irnos al Kot Carrefour, a ver qué se cocía por ahí. Y luego cada uno a su casa propia (prohibido ir a visitar a las chicas).
Una de esas noches, inadvertidos de la presencia de un elemento disuasorio de primer nivel, a partir de ahora denominado mexicana caliente, el trío antes nombrado se encaminó hacia el lugar de costumbre.
Una vez llegados a la fiesta, y tras adquirir las obligatorias cervezas, comenzamos la vuelta de reconocimiento. No recuerdo muy bien con quién nos habíamos parado a hablar en el hall de entrada al Kot. Yo personalmente creo que me adelanté para saludar a alguien que se encontraba en el salón que servía de pista de baile. Y allí, en el salón, se manifestó la cosa. Levantaba no mucho más de un metro por encima del suelo y era más fea que Björk chupando un limón. Eso sí, sus carencías físicas las disimulaba con una meritoria voluntad, digna de toda envidia.
La primera aproximación hacia mi persona no fue precisamente sutil. No recuerdo siquiera si me preguntó el nombre o de dónde era, pero cuando me di cuenta la tenía de espaldas frotándose el trasero contra mi bragueta. Previamente me había arrinconado, de tal modo que me el Chino limitaba al sur con la pared, al este y al oeste con una turba de personas y al norte con un trasero con ganas de marcha. En ese momento, Sebas y Heinke ya andaban cagándose de risa en el Hall.
No contenta con los frotamientos, la mexicana caliente se decidió a dar un paso más y luego otro. Se dio la vuelta y de puntillas comenzó a besarme el cuello. Yo intentaba apartarla como podía sin hacerle daño pero ella se resistía con todas sus fuerzas. Cuando comenzó a agacharse, levantarme la camiseta y besarme el ombligo y alrededores ya comenzó a cundir el pánico. Yo empujaba como podía mientras miraba a los chicos suplicándo ayuda. Heinke ya comenzaba a dar muestras de nerviosismo. La mexicana se agarraba a mí como la mujer araña. Ni que decir tiene que Sebas seguía cagándose de risa.
Heinke acudió a salvarme de una violación más que segura, pero no contaba con el giro sorpresivo que iba a tomar el asunto. La mexicana caliente miró hacia arriba y de mi ombligo saltó al cuello de Heinke a la velocidad de la luz mientras yo me alejaba para reunirme con Sebas, que manteniendo una distancia prudencial con el incidente, continuaba cagándose de risa.
Fue cuando la mexicana caliente se bajó al ombligo de Heinke y comenzamos a notar como éste comenzaba a ruborizarse y a toser nerviosamente que intercedimos y no me preguntéis cómo, sacamos a Heinke de allí sin sufrir daños colaterales.
Una vez a salvo, decidimos salir a darnos un trago a la calle y vimos a Pablo Fuertes, que en ese momento estaba comentando con otra gente cómo una mexicana fea como un demonio se le había tirado al cuello, frotándose contra su bragueta y que había salido de allí espantado.
Ya no volvimos a entrar en la fiesta.
Lo que vino después no sé si lo conocerán. A la mañana siguiente, la historia de la mexicana, entre risas, ya era conocida por nuestras chicas, que se lo tomaron en principio como lo que fue: una situación surrealistaa de la que reirse durante largo tiempo. Eso sucedió al menos al principio. Y digo al principio porque bastó que sacase mi camiseta delante de la China para que a esta le dejase de hacer gracia la historia. Parece ser que tenía ciertas señales bucales en el territorio abdominal. Yo no me había dado cuenta. Yo argumenté que debía de haber sido la China quien me lo hiciese puesto que yo no había notado ningun síntoma de mordisco mexicano durante la noche. La china no tuvo la misma opinión sobre el asunto, lo que provocó cierto estado de tensión que se fue diluyendo, en una larga media hora, hasta que volvió a escucharse la ya, llegados a este punto, inesperada risa de la china, ese amor de novia.